En la mesa de Dios sigue intacto el lugar que dejaste vacío hace tanto tiempo. Nadie lo ha ocupado, porque solo tú puedes llenarlo con tu esencia y tu historia. La silla permanece ahí, fiel y paciente, esperando el peso de tu alma cansada y tu corazón contrito.
Vuelve. No importa cuánto haya pasado, ni cuán lejos te hayas ido. Vuelve, porque el amor eterno sigue allí, intacto, esperando abrazarte sin reproches, sin preguntas. La mesa está servida con el pan de la misericordia y el vino del perdón, porque el Padre no ha dejado de soñar con tu regreso.
No te pierdas más en caminos que solo desgastan el alma. No hay deuda que el amor no pueda saldar, ni distancia que la gracia no pueda acortar. Él sigue esperando.
Vuelve, porque el amor de Dios no se cansa, no se apaga, no se rinde. La puerta está abierta, y el banquete sigue listo.
¡REGRESA!
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