La mayoría de las veces no sufrimos por lo que pasa, sino por lo que creemos que significa.
Alguien habla mal, no responde, critica, ignora… y enseguida la mente arma una película:
“me faltó el respeto”, “no le importo”, “me está atacando”.
En ese momento, sin darnos cuenta, les entregamos nuestro poder.
Dejamos que un gesto, una palabra o un silencio gobiernen nuestro estado interno.
Pero hay otro camino.
El de la observación interna.
Ver lo que pasa adentro antes de reaccionar afuera.
Notar el nudo en la panza, la bronca en el pecho, el impulso de responder al instante.
Y simplemente observarlo, como si no fuera “miyo”:
“Esto es enojo.”
“Esto es miedo.”
“Esto es orgullo herido.”
Cuando podés mirar eso sin justificarte y sin culpar al otro, algo cambia.
La reacción pierde fuerza.
La ofensa se desinfla.
Y ves que nada era tan personal como tu ego quería creer.
Ahí empieza la verdadera madurez:
no en reprimir lo que sentís,
sino en no dejar que eso decida por vos.
No responder des...
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