Spoiler: no fui a Nueva York a encontrar mi estilo.
Fui… y terminé encontrándome a mí.
Ese diciembre de 1998 llegué a Nueva York con una idea muy clara:
quería aprender a hacer cine para poder escribir sobre él.
Soñaba con ser esa persona que analizaba películas como si fueran literatura,
como las críticas del New York Times que yo leía obsesivamente.
Pero Nueva York —como siempre— tenía otros planes.
Ese invierno no me enseñó a analizar historias.
Me enseñó a vivir como la protagonista de la mía.
Tenía 20 años,
y por primera vez entendí algo que en Monterrey nunca me había permitido sentir del todo:
que lo que yo pensaba importaba.
Que podía ser interesante.
Que podía gustar.
Que podía ser cool…
sin intentarlo.
Y, sobre todo, que ya no tenía que seguir las reglas invisibles
con las que había crecido.
Porque si algo hace Nueva York,
es romperte la escala de todo.
Te hace sentir diminuta en una ciudad que no termina nunca.
Y en medio de ese caos —ruido, arte, lujo, contradicción—...
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