Esta idea nos confronta con una verdad incómoda: la vida no es necesariamente corta, lo que suele ser corto es el aprovechamiento que hacemos de ella. Gran parte del malestar existencial surge cuando dejamos pasar los días en distracción, postergación o queja, y luego culpamos al tiempo de no alcanzarnos.
Aprender a gestionar con intención nuestro tiempo es también una forma de cuidarnos. Cuando dejamos de desperdiciarlo en rumiaciones, conflictos innecesarios o actividades que no nos nutren, descubrimos que hay espacio suficiente para crecer, crear, vincularnos mejor y servir a otros.
El tiempo bien usado no solo nos permite hacer más cosas, sino hacer cosas con sentido. Y cuando alineamos nuestro tiempo con valores y propósito, dejamos de vivir con prisa vacía y comenzamos a aportar valor real a nuestros congéneres: presencia, ideas, trabajo, acompañamiento, ejemplo.
No es que la vida sea breve; es que muchas veces la dejamos escapar. Ajustar cómo usamos nuestro tiempo puede trans...
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