El odio y el resentimiento no reparan el daño, lo cronifican. Aferrarnos a la venganza mantiene al sistema nervioso en un estado constante de alerta, como si el trauma siguiera ocurriendo una y otra vez. La herida no sana; se reactiva.
En consulta es frecuente observar que la ira sostenida da una falsa sensación de control o justicia, pero a largo plazo consume energía psíquica, rigidiza el pensamiento y erosiona la identidad. Vivir embriagados por la rabia no nos devuelve lo perdido, ni nos acerca a la persona que queremos ser. Al contrario, suele alejarnos de nuestros valores y de cualquier forma auténtica de dignidad personal.
Soltar el resentimiento no significa justificar lo ocurrido ni renunciar a los límites; significa dejar de permitir que el daño siga gobernando nuestra vida interna. Cuando el enojo se convierte en identidad, el sufrimiento se perpetúa y no hay crecimiento posible. De la destrucción emocional no nace nada que nos enorgullezca.
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