No creo en la “armonización facial”.
Y no, no es una frase para generar polémica.
El problema no es la técnica.
El problema es el concepto.
La palabra armonizar implica que existe un estándar universal de equilibrio.
Como si todos los rostros debieran converger hacia el mismo molde.
Y la biología no funciona así.
La identidad tampoco.
En mi práctica no busco “armonizar”.
Busco entender estructura, historia y personalidad.
Un rostro no se corrige.
Se interpreta.
No trabajo para que todos se vean iguales.
Trabajo para que cada paciente se vea más él o ella… sin perderse en el proceso.
Eso significa:
– Respetar proporciones individuales.
– No borrar rasgos distintivos.
– No perseguir tendencias.
– No sobrecorregir.
La medicina estética no debería fabricar caras.
Debería acompañar procesos.
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