Para frenar la mente, nada mejor que volver al cuerpo.
Cuando mi mente empieza a repetirme pensamientos que no están al servicio de crear una mejor realidad, recurro a la tina de hielo. No como castigo, sino como un regalo: el regalo de volver a la presencia.
El dolor activa la mente, y la mente hace lo que mejor sabe: proteger nuestra identidad.
Negar el dolor es disociarnos de nosotros mismos.
Tramitarlo es trascenderlo para poder recibir el regalo que trae en sí mismo.
El ejercicio de una mente atendida se cultiva todos los días:
meditación, gratitud, perdón, entrega genuina al misterio de la vida.
Si estás atravesando dolor, te invito a no quedarte atrapado ahí.
Sentilo. Validalo. Pero no te quedes en él.
Porque una cosa es el dolor, y otra muy distinta es el sufrimiento que crea la mente al no soltarlo.
Mucho de lo que nos duele no es personal.
Las personas operan desde sus heridas, sus miedos, sus patrones. Y en ese modo de baja conciencia, muchas veces dañan sin querer.
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