Capítulo 30 de 33. He llegado hasta aquí con la frente húmeda y las manos en alto: escribiendo entre sollozos y risas, corrigiendo con sal las páginas donde me ofrezco entero. Ya son 888 páginas —tres ochos como tres lámparas acostadas—, cifra de horizonte y retorno, de un ir y venir que no se agota: en ellas he puesto mi pan y mi herida, mi casa y mi exilio, para que la ciencia, las religiones, Dios y la comunidad LGBTIQ+ (מוּבטָחאל) conversen sin violencia, en una mesa vasta como el cielo. Aquí los telescopios y los midrashim se dan la mano; la cábala se sienta junto a la genética; los profetas escuchan a los astrofísicos; y el arcoíris deja de ser consuelo para volverse pacto. He aprendido que llorar es editar el alma, y que cada lágrima pule una sílaba del Verbo hasta que brilla.
Sigo escribiendo como quien levanta un Mishkán: tabla a tabla, palabra a palabra, con esa paciencia que hace de la noche un taller de luz. Falta poco —33 no es un número, es una puerta—; falta eso que sol...
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