El paisaje no reconoce límites.
Ni ecológicos, ni culturales, ni mucho menos políticos.
Esta idea (planteada en la Resolución “Paisajes sin Límites” de IFLA Europa de 2017) es también el eje de mi más reciente columna de opinión en la revista Glocal.
Pensar el paisaje como un continuo ecológico sin fronteras implica reconocerlo como un sistema vivo, fundamental para la biodiversidad del planeta y para la continuidad de la vida. También implica algo más profundo: entender que las fronteras desafían la diversidad cultural y que no reside en la suma de identidades nacionales, sino en su interrelación, pluralidad y convivencia.
Tal vez no es común que una internacionalista se forme y ejerza como paisajista profesional. Sin embargo, ese enfoque humanista ha definido mi manera de entender el territorio: como un espacio compartido, multinacional y diverso, donde el diseño del paisaje no solo puede, sino que debe evitar la segregación social y fortalecer vínculos entre personas, culturas y eco...
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