Apenas noté los pequeños letreros en los baños de mujeres del supermercado. Eran discretos, colocados junto al espejo, con letras grandes y claras que explicaban cómo contactar con alguien del personal si te sentías en pe.ligro dentro de la tienda.
Me quedé inmóvil, leyéndolos una y otra vez.
Decían que si alguien me seguía o me hacía sentir insegura, podía pedir ayuda.
¿Y si no me sentía segura en ningún lado? Ni en la tienda, tampoco en casa y mucho menos en un lugar donde estuviera Desmond.
Mi reflejo en el espejo se volvió borroso por la humedad en mis ojos.
¿Podría pedir ayuda con el personal?
¿Y si lo hacía… qué diría?
«Disculpe, tengo mi.edo de mi esposo, ¿me ayuda?»
La idea me pareció absurda.
Sonreí sin alegría, con lo
ton.to de mi pensamiento, mientras apartaba una lágrima de mi mejilla.
Mi pómulo estaba hin.chado y amor.atado. El maquillaje poco podía hacer para disimularlo, aunque usé todo el que tenía; necesitaría más si quería asistir a la inauguración del estudio de Fenr...