El bronceado no es solo estética.
Es una respuesta biológica de defensa.
Cuando la radiación solar llega a la piel, activa sensores de daño celular como la proteína p53, que estimula a los melanocitos a producir melanina. Ese pigmento se distribuye alrededor del núcleo de las células como un pequeño “parasol molecular” que intenta absorber parte de la radiación antes de que alcance el ADN.
Pero este sistema natural tiene un límite.
Cuando la exposición es excesiva, la radiación ultravioleta puede provocar alteraciones en el ADN, como los dímeros de pirimidina, lesiones bien descritas en dermatología que, con el tiempo, contribuyen al fotoenvejecimiento, manchas y cáncer de piel.
Además, el sol no emite solo UVB (el que quema la piel).
También UVA, que penetra más profundo y acelera el envejecimiento cutáneo, y luz visible de alta energía, que puede contribuir al estrés oxidativo y a la pigmentación.
Por eso hoy en dermatología se habla cada vez más de protección de amplio espectro....
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