En la obra maestra de Ladislao Vajda de 1955, El milagro de Marcelino, asistimos a uno de los momentos más conmovedores de la historia del cine.
En un ático polvoriento y prohibido, el simple acto de compasión de un niño, al ofrecer su humilde trozo de pan a un crucifijo “hambriento”, se convierte en el puente entre lo terrenal y lo divino.
Esta escena ilustra maravillosamente que los mayores milagros no requieren grandes gestos, sino la fe radical y sin complicaciones de un niño.
Al compartir lo poco que tiene, Marcelino no solo alimenta a un hombre; toca el corazón de Cristo.
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