Salimos de la escuela y, como siempre, el mercado se nos cruzó en el camino. Ella feliz, queriendo mirar y probar casi todo. Probamos aquí, probamos allá, opinamos de sabores, nos reímos… y en medio de eso, sin avisarme, puso algo en el carrito.
Yo me di cuenta después, en la caja. No dije nada. Lo pagué. Porque en realidad, todo eso también era parte del momento.Entre pasillos, sabores nuevos, conversaciones pequeñas y una compra sorpresa, se nos fue la tarde sin darnos cuenta. Y ahí entendí que no siempre se trata de lo que compramos, sino de cómo vivimos esos ratos juntas.
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