Hoy cumplo 35 años. Y la vida no paró para celebrar — entrenamiento, fisioterapia, trabajo, torta en la oficina, y vuelo de regreso a Bogotá en la noche. Así es la adultez real.
Pero saben qué — no lo cambiaría por nada. Porque a los 35 ya uno sabe para qué está. Ya no pide permiso para vivir. Ya cumplió sueños que el de 13 años ni se atrevía a imaginar.
Cara de 26. Gastritis y dolor de rodilla de 35. Y el niño interior más intacto que nunca.
Gracias por estar acá. Esto también es de ustedes.
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