Hay arquitectos que diseñan edificios.
Y hay otros que parecen estar intentando comunicarse con algo más antiguo que la propia historia humana.
Descubrir la obra de Bogdan Bogdanović fue para mí entrar en una frecuencia extraña y profundamente emocional.
Sus monumentos no se sienten contemporáneos, ni futuristas, ni siquiera pertenecientes a una sola civilización.
Parecen ruinas de una cultura desaparecida hace miles de años y, al mismo tiempo, estructuras enviadas desde otro mundo.
Piedra. Concreto. Símbolos.
Formas totémicas que cargan una sensación espiritual difícil de explicar.
Como si la arquitectura pudiera convertirse en un portal de memoria colectiva.
Y entonces apareció Last and First Men.
La película no solamente utiliza estas estructuras como escenario; las transforma en vestigios de una humanidad distante, melancólica y terminal.
Escuchar esa narración mientras la cámara recorre los monumentos de Bogdanović me hizo sentir algo muy difícil de describir: una mezcla...
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