Nunca se trató de los mangos.
Se trató de la aventura.
De hacer equipo.
De sostener la cubeta mientras él intentaba alcanzar algo que parecía imposible.
De sentir que, por unos minutos, tú también eras parte de la misión.
Muchos hijos recuerdan muy pocos regalos, pero nunca olvidan esos momentos donde dejaron de ser espectadores para convertirse en compañeros.
Porque los vínculos no se construyen en los grandes discursos. Se construyen en los detalles aparentemente insignificantes que terminan convirtiéndose en recuerdos para toda la vida.
Y un día descubres que no extrañas los mangos...
Extrañas al hombre que te enseñó a subirte a la vida sin miedo.
No estoy hablando de mangos.
¿Cuál es uno de esos recuerdos sencillos que todavía conservas de tu papá?
Vas conmigo o te quedas.
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