Tocar a un caballo no es un derecho.
Es un privilegio.
Muchas veces damos por hecho que, porque un caballo está a nuestro lado, podemos acariciarlo, abrazarlo o invadir su espacio cuando queramos.
Pero el respeto también consiste en observar, esperar y preguntar con el cuerpo.
Los caballos muestran cuándo desean contacto y cuándo prefieren distancia. Se acercan, buscan nuestra mano, apoyan la cabeza, relajan la mirada… y también pueden apartarse, tensarse o decirnos que en ese momento no quieren ser tocados.
El afecto no se exige.
No se fuerza.
No se da por supuesto.
Cuando respetamos sus tiempos, su espacio y su capacidad de elegir, el vínculo cambia por completo. Porque entonces el contacto deja de ser algo que tomamos y se convierte en algo que ellos deciden ofrecernos.
Y cuando un caballo elige acercarse, quedarse contigo y permitirte entrar en su espacio, ese gesto tiene un valor inmenso.
Porque tocar no es un derecho.
Es confianza.
Es permiso.
Es un privilegio.
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