Hay una razón por la que algunos viajes se sienten borrosos y otros los puedes recordar con una claridad casi absurda años después. La memoria no funciona como una cámara que graba todo; funciona como un editor. Selecciona qué vale la pena conservar, y suele darle prioridad a lo que combina novedad, emoción y atención plena. Entre más involucrado está tu cuerpo en la experiencia, más pistas le das a tu cerebro para reconstruir ese recuerdo después.
Por eso, viajar también puede ser una forma de entrenar la mente. No importa si es corriendo, caminando o explorando sin prisa: cuando dejas el piloto automático, te permites sorprenderte y prestas atención a lo que estás viviendo, no solo conoces un lugar… aumentas las probabilidades de que ese momento siga contigo mucho tiempo después. Al final, los mejores recuerdos no siempre son los que más fotografiamos, sino los que realmente vivimos. Entonces, ¿seguimos corriendo juntos?
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