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Después de muchos años, el deseo no necesariamente desaparece. A veces simplemente cambia de lenguaje. Ya no vive únicamente en la urgencia de tocarse. También aparece en una taza de café compartida, en caminar tomados de la mano, en escuchar sin mirar el teléfono, en leer juntos o en un abrazo que no intenta llegar rápidamente a ningún lugar. Porque una pareja atraviesa muchas vidas: los hijos, las responsabilidades, las pérdidas, el cansancio, los cambios del cuerpo y todo aquello que nunca se dijo. Por eso, quizá la verdadera intimidad consista en detenerse y volver a preguntar: ¿Quién eres ahora? ¿Qué necesitas? ¿Cómo deseas ser mirada, tocada y amada hoy? Y si llega el encuentro sexual, que no sea por costumbre ni para cumplir. Que sea un espacio de presencia, respiración, escucha y elección. Un lugar donde ambos puedan sentirse seguros para mostrarse como son. El amor maduro no necesita volver a ser lo que fue. Necesita la valentía de seguir descubriendo en quién se ha con...

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