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Enamorarse también es perder un poco la objetividad. La dopamina vuelve extraordinario lo que quizá era bastante normal, la incertidumbre puede mantener al sistema nervioso en alerta y la idealización se encarga de rellenar con fantasía todo lo que todavía no conocemos del otro. No siempre nos enamoramos únicamente de una persona: también de lo que proyectamos sobre ella, de lo que esperamos que sea y de cómo nos hace sentir perseguirla. Por eso algunas personas parecen irrepetibles mientras estamos dentro del vínculo. Cada mensaje importa demasiado, cada ausencia adquiere significado y cualquier migaja puede sentirse enorme cuando el cerebro está esperando la siguiente recompensa. Hasta que un día el cuerpo suelta. Baja la activación, se rompe el circuito de expectativa, la dopamina deja de hacer que idealices a esa persona y puedes empezar a verla con más claridad. Y ahí ocurre uno de los fenómenos más humillantes del amor: recuperas la objetividad. La ves como es, recuerdas cosa...
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