Ni amoladora. Ni electricidad. Ni motores. 🇦🇷🔨
En el Buenos Aires de 1900, la ciudad entera se movía a tracción a sangre. Si se paraba el caballo, se paraba el puerto, el tranvía y el comercio. Todo el peso de esa logística caía sobre las espaldas de los herreros en galpones oscuros de Barracas, San Telmo y La Boca.
Eran jornadas de 10 a 12 horas tragando humo de carbón, herrando percherones al rojo vivo y templando a puro ojo el acero de las rejas y cancelas que todavía hoy visten nuestra arquitectura. Al final del día, con el cuerpo molido y las manos marcadas por el fuego, la recompensa era el pan casero, el vino con soda y la mesa familiar.
Las herramientas cambiaron y la tecnología avanzó, pero el amor por el fierro y la nobleza del oficio siguen intactos.
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