En Roseto ocurría algo extraño: muy pocos hombres morían de un infarto.
No llevaban una vida perfecta; fumaban, bebían vino y cocinaban con manteca.
Lo distinto aparecía en sus casas: varias generaciones vivían juntas.
Los vecinos se conocían, compartían la mesa y también los problemas.
Cuando esa cercanía se perdió, su ventaja cardiovascular desapareció.
En Cusibani creemos que la comida también sirve para volver a encontrarnos.
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