Me han dicho mil veces “respira”. Y respirar cuando la cabeza va a doscientos no funciona: la orden sale de la misma cabeza que está acelerada.
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Lo que sí funciona lo descubrí sin buscarlo, apoyada en el cuello de un caballo. Su corazón late a treinta y pocos por minuto. Cerca de él, quieta, el mío empieza a bajar sin que yo se lo pida. No es una decisión: es coherencia cardíaca, dos ritmos que tienden a sincronizarse cuando comparten espacio y calma.
Y hay algo más. Un caballo es un animal de presa. No le sirve lo que piensas ni lo que dices; lee lo que hay en tu cuerpo. Si estás tensa, se aparta. Si de verdad te sueltas, se queda. Es el detector más honesto que conozco, y te obliga a regularte de verdad, no a aparentarlo.
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Hoy ya no intento calmarme con la cabeza. Dejo que el cuerpo lo aprenda de quien lo hace mejor.
Y ese estado, el de corazón lento y mente callada, es el mismo desde el que un animal te escucha. Por eso es lo primero que entreno con cada persona que quiere comunic...
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