Hay lugares que me recuerdan por qué elegí ser arquitecto. Casa Wabi es uno de ellos.
El concreto bajo el sol, una franja de cielo, un perro descansando junto a una banca. Me gusta esa convivencia entre la precisión de la arquitectura y la vida que encuentra su lugar, sin pedir permiso.
Le tengo un profundo aprecio a este proyecto en la costa de Oaxaca. Por acercar el arte, la arquitectura y la comunidad. Por sembrar curiosidad en un rincón de México y darle espacio para crecer.
Me entusiasma que siga transformándose, ahora con la incorporación de la obra de Rem Koolhaas. Que nuevas miradas encuentren lugar en ese paisaje y nos inviten a descubrirlo de nuevo.
Mientras pienso en volver, Casa Wabi sigue cambiando. Me gusta saber que todavía nos quedan cosas por conocer el uno del otro.
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