Esta semana mi hija menor amaneció enferma.
La persona que me ayuda en casa no llegó. Y yo seguía teniendo que cerrar propuestas, tomar decisiones, sostener el negocio.
Ahí entendí algo que llevo años viviendo pero nunca había dicho así de directo:
lo más difícil de ser empresaria es ser mamá.
Y lo más difícil de ser mamá es ser empresaria.
No es un problema de organización. Es que las dos cargas ocurren al mismo tiempo, todos los días, y ninguna se apaga para darle paso a la otra.
Podría avanzar más rápido si tuviera menos responsabilidades encima.
Eso es real: sin hijos, cada peso que ganas es tuyo para reinvertir.
Con hijos, no.
Pero después de más de diez años acompañando mujeres líderes, aprendí que la velocidad no es lo que sostiene un negocio a largo plazo.
Lo que sí lo sostiene es saber para qué lo haces.
Si construyes por dinero, sales del mercado apenas se pone difícil.
Si construyes por coherencia, por identidad, por un proyecto que trasciende el resultado i...