El legado no se hereda con un discurso.
Se aprende mirando.
Tus hijos observan cómo trabajas, cómo decides, cómo tratas a la gente, cómo enfrentas los problemas y qué haces cuando nadie te está aplaudiendo.
Todo lo que soy, en buena medida, lo aprendí viendo a mi papá.
Por eso el amor por una empresa, por una profesión o por una forma de vivir no se impone: se contagia.
Si quieres que la siguiente generación continúe tu legado, no empieces preguntando si quiere quedarse con la empresa.
Pregúntate primero: ¿lo que me ve hacer es algo que quisiera replicar?
Vas conmigo o te quedas.
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