Poco a poco, el mundo fue perdiendo color. No ocurrió de un día para otro, sino a través de pequeñas decisiones que convirtieron el blanco, el negro, el gris y el beige en sinónimos de elegancia y modernidad. Los coches dejaron atrás sus tonos más atrevidos, las casas se hicieron más neutras y hasta la ropa, los juguetes, la tecnología o las fiestas comenzaron a compartir una estética cada vez más parecida. Aquello que antes buscaba destacar, transmitir alegría o mostrar personalidad empezó a diseñarse para encajar con todo y pasar desapercibido.
El minimalismo no es el problema; lo es cuando parece convertirse en la única opción aceptable y cualquier exceso de color empieza a verse como algo poco sofisticado. Quizá no nos hemos vuelto más elegantes, sino simplemente más reacios a llamar la atención. Los colores nunca dejaron de ser bonitos ni de transmitir emociones; simplemente fuimos acostumbrándonos a elegir lo seguro hasta hacer que casi todo se pareciera demasiado.
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