Nunca vas a volver a tener a tu animal tan sano como hoy.
Así que hoy no te traigo teoría. Te traigo un ejercicio. Cinco minutos, con él delante, ahora.
1. Baja a su altura.
Al suelo si hace falta. Móvil lejos, boca abajo. No es un detalle tonto: mientras tu cuerpo esté por encima y de paso, él te lee como alguien que está yéndose a otro sitio.
2. No hagas nada.
No le hables. No le acaricies todavía. No le pidas que venga. Solo quédate. Si se aleja, déjale. Si se acerca, tampoco reacciones. Lo que estás haciendo aquí es demostrarle que esta vez no vienes a pedirle nada.
3. Copia su respiración.
Mira cómo respira él y deja que la tuya se vaya pareciendo. Más lenta, más profunda, sin forzar. Un minuto largo. Vas a notar el momento en que los hombros te bajan solos: ahí es donde empieza lo demás. Todo lo que hacemos en comunicación parte de ese estado, y sin él no hay nada que recibir.
4. Pregúntale una sola cosa.
En silencio, sin hablar en voz alta: ¿qué necesitas de mí?
Una pregunta. No...