Carlos tiene 46 años y toda la vida tuvo poco cabello. Él lo describe así: “un pelito bien delgadito, bien finito, que ni se siente”.
Probó minoxidil tomado y untado, pero le quemaba. Pastillas. Champús. De todo. El injerto lo llegó a considerar, hasta que vio que varios conocidos suyos se lo hicieron y terminaron otra vez calvos.
Cuando le preguntaron qué era lo que más le había afectado de todo esto, no dio rodeos. Contestó en tres palabras: “el ego personal”. Nada más.
A veces no se trata solo de más cabello.
Se trata de dejar de llamarle ego a algo que simplemente te importa.
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