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Hay dolores que “NO” se ven desde afuera. Una pérdida, una espera larga, una herida en una relación o una temporada de cansancio pueden pesar más de lo que logramos explicar. Ana conoció algo de ese dolor. Lloró, oró con amargura de alma y hasta fue malinterpretada mientras intentaba expresarse. Sin embargo, NO TUVO QUE FINGIR que estaba bien: dijo que había derramado su alma delante de Dios. La Biblia NO ESCONDE el dolor del alma. Cuando dice que Ana oró «con amargura de alma» (1 Samuel 1:10), una palabra que abarca a la persona completa: su vida, su aliento, su ser entero. Su dolor no era solo emocional, le afectaba el cuerpo, el apetito, las relaciones y hasta la manera en que otros la veían. Lo más hermoso de su historia es el orden. Ana no dejó de estar triste cuando llegó Samuel. Dejó de estar triste cuando se levantó de derramar su alma delante de Dios (1 Samuel 1:18). La respuesta vino después. LA PAZ LLEGÓ PRIMERO. Si hoy te duele el alma, no tienes que tenerlo todo resuel...

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