Antes de competir, el cuerpo habla. El corazón se acelera, el estómago se aprieta, la mente no para. La mayoría de los deportistas interpreta eso como una señal de que algo está mal.
No lo es.
La investigación en psicología del deporte es clara: la presión competitiva activa una respuesta fisiológica que es, en esencia, el cuerpo preparándose para lo que viene. El problema no es sentir esa activación. El problema es cómo se interpreta.
Hay una diferencia fundamental entre la ansiedad que paraliza y la que activa. Las dos se sienten parecido en el cuerpo. Lo que las distingue es el significado que el deportista les da. La psicología lo llama reevaluación cognitiva: la capacidad de convertir “estoy nervioso” en “estoy listo.”
Después de 19 años trabajando con deportistas, puedo decir que los que rinden mejor bajo presión no son los que no sienten ansiedad. Son los que aprendieron a usarla.
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