Ya sé que alguien va a escribir “eso es ansiedad” o “eso es que ha aprendido que mirándote consigue cosas”.
Y a veces sí. Un perro que se planta delante de ti a las ocho en punto todos los días ha aprendido un horario, eso no te lo discuto.
Pero no es lo mismo, y tú lo sabes. Hay una mirada que pide, y hay otra que se queda. La que se queda no se va cuando le das de comer.
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Lo que sí está medido: cuando un perro y su persona se sostienen la mirada, a los dos les sube la oxitocina. El mismo circuito que entre una madre y su bebé. Lo publicaron en Science en 2015, y lo interesante es el bucle: él te mira, te sube a ti, le respondes, le sube a él.
Eso no es un animal pidiendo algo. Es un animal abriendo una conversación.
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