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Durante años, cada vez que me tocaba una consulta de un animal fallecido, se me encogía el estómago antes de empezar.
Porque la persona que tienes al otro lado no viene a preguntar cosas bonitas. Viene a preguntar si sufrió. Si se dio cuenta de que ella no estaba. Si le dio tiempo a saber que la quería. Si fue culpa suya por no haberlo visto antes, por haber esperado demasiado, por haber decidido demasiado pronto.
Y yo sabía lo que pesa esa pregunta, porque también he perdido a los míos, y también me he quedado con la culpa dando vueltas de madrugada.
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Lo que me ha ido cambiando no es la fe. Son quince años escuchando lo mismo, una consulta detrás de otra, en casas distintas y en bocas distintas.
Porque los animales no se ponen de acuerdo, pero dicen lo mismo. Y lo que repiten casi nunca es lo que la persona esperaba oír. Nunca hay reproche. Nunca hay “me dejaste solo”. Nunca hay “te esperé y n...