A veces, la armadura que usamos para protegernos termina impidiéndonos abrazar, escuchar y aprender. Así puede actuar la soberbia: nos aferramos a tener la razón, aunque eso nos cueste la paz o la cercanía con quienes amamos.
Puede aparecer en cosas pequeñas: una disculpa que postergamos, un consejo que rechazamos o esa necesidad de demostrar que podemos solos. Reconocerlo requiere honestidad y valor.
La humildad empieza cuando podemos decir: “Me equivoqué”, “No sé” o “Necesito ayuda”, sin sentir que por eso valemos menos. Nuestro valor permanece; lo que cambia es nuestra disposición a crecer.
Hoy vale la pena preguntarnos: ¿qué podría mejorar en mi vida si dejara de defenderme por un momento y escuchara de verdad?
Tal vez el siguiente paso sea sencillo: bajar la guardia, agradecer una corrección o pedir perdón y acompañarlo con un cambio.
También construimos un legado con la manera en que reconocemos y reparamos nuestros errores.
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