Repasas los últimos meses una y otra vez. Si comía igual. Si se movía igual. Si aquella tarde que no salió a recibirte era la señal y la dejaste pasar.
Y la pregunta siempre acaba en el mismo sitio: ¿cómo no lo vi, si lo veo todos los días?
Precisamente por eso.
Ellos llevan grabado esconder el dolor, mucho antes de vivir con nosotros: seguir funcionando como si nada es lo que les ha mantenido vivos. Y tu cerebro está hecho para no notar lo que cambia despacio delante de ti. Lo que ves cada día se convierte en «lo normal».
No es falta de atención. Es biología, la suya y la tuya.
La mirada se puede entrenar. La culpa no te enseña nada.
No llegaste tarde por quererle poco.
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