Las redes sociales tienen una particularidad que es tanto buena, como peligrosa: la inmediatez. Gracias a ellas, contamos con la posibilidad de tener información en tiempo real sobre cosas que quizás de otro modo ingoraríamos. La información se democratiza y el conocimiento se vuelve público. Sin embargo, con esa inmediatez, también llega una especie de exigencia en la que sentimos que tenemos que pronunciarnos a como de lugar. Así, las redes se convierten en un campo de batalla en el que a veces solo existen el blanco y el negro. A favor o en contra. Un campo en donde no hay cabida para los matices —y tampoco espacio para el pensamiento crítico. Y entonces, opinamos sin contar con suficiente información. Nos quedamos con los titulares y, en ese afán de pronunciarnos, perdemos la capacidad de profundizar. Ahora, eso no significa que hayan sucesos que no ameriten una postura -los hay. El punto es quizás no hablar por hablar, ni tampoco callar desde la comodidad o el privilegio. El punto...
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